Tercera nostalgia de mi bisabuelo

Es un lugar común creer que el cuerpo y el destino están atados a nuestro nacimiento. Se suele figurar que en el momento en que nacemos nos materializamos súbitamente: cuerpo y conciencia encadenados, destinados a incorporarse sin más a los vertiginosos deslices de una vida que nunca elegimos. Pareciera que al nacer somos empujadas, desde la fila de almas esperando nacer, a un vagón casi desbocado en el cual debemos encontrar un lugar. Apretujadas, cansadas, rodeadas de una multitud, pareciera que estamos obligadas a ocupar un sitio dócilmente so pena de ser relegadas a los rincones más sucios e incómodos. El cuerpo con el que llegamos a este torrente impetuoso que es la vida va recogiendo desde las distintas orillas que atravesó nuestra historia, las formas, los colores, las dolencias y los goces que nos acompañarán por siempre. El cuerpo y el destino, esas inevitables fatalidades como nacer aquí o allá, constituyen el terreno donde miles de eventualidades, completamente ajenas a nuestra voluntad, trazan los límites de la parcela de vida en la que debemos florecer.

Ciertas noches me pierdo en los ojos de mi bisabuelo Arbelio Clavijo Losa. Lo he mirado tanto que puedo imaginarlo sentado al filo de una hoguera, en medio de la selva, mientras espera noticias que le permitan avanzar o retroceder en una guerra que definitivamente va a cambiar su destino, el de sus hijos, el de mi padre, el mío, y ahora el de ustedes. Su hermano, del que mi papá solo habla en ciertos momentos, era tinterillo de indios y se dice que su gestión era muy valorada entre las comunidades de Cañar. Cuenta mi papá que cuando murió, la familia propia no tuvo tanta importancia como todos los indios que se encargaron de llorarlo y llevarlo al cementerio. Dicen que lo llamaban Juan Lacla, Juan Clavijo, y que vivió entre cantinas y pleitos de indios, aferrado a una idea de justicia que solamente puedo presentir. Pero mi bisabuelo Arbelio se unió a la guerra de don Eloy Alfaro en algún momento entre finales del siglo XIX y 1910. Como muchos otros en los Andes, los hermanos Clavijo estaban convencidos de que la educación sería la puerta que les permitiría salir del pequeño mundo en el que vivían. Con esa guerra mi bisabuelo perdió a la mujer que creía amar (y que presiento que no lo amaba) y de paso, no pudo criar a sus dos hijos: Arbelio Clavijo Verdugo y Zoila Rosa Clavijo Verdugo, mi abuela. Sus fotos me permiten verlo, pero han sido sus cartas las que me han dejado escuchar su voz. Son solo fragmentos, ecos de un tiempo que no viví, de una historia que no es mía, pero que me constituye a mí, tanto como a ustedes, hijito, sobrinitas; y es tan nuestra como lo es de este país que cambió para siempre porque miles de personas como ellos, los bisabuelos de la guerra, pusieron el cuerpo para lucharle al azar los límites para otro destino. Y lo lograron.

Imagino a mi bisabuelo cansado de la guerra, arrimado a un fusil y a la sombra de algunas de las plantas de hojas gigantescas, esas que los conquistadores temían tanto como admiraban. Pero es tarde en la noche y la hoguera que han armado para espantar a los bichos grandes y pequeños sigue ardiendo con brío; él la alimenta porque está soñando mientras mira el fuego elevarse entre el calor y la humedad. Siempre he creído que me está soñando, y al soñarme me está dibujando sobre el barro que lo cansa al caminar, pero con el que esa noche juega un poco. En ese gesto suyo me está confiriendo la vida que hoy habito. Soy la mujer que él imaginó al límite de la noche de su batalla. Soy ese futuro que, en ese momento, él no puede aprehender más que con la incertidumbre de su deseo. Fue su cuerpo cansado, picado de miles de mosquitos, apestando a sudor, humo y pólvora, el que me trajo desde ese sueño hasta la mujer que soy yo.

El pasado nunca es propiedad privada: se ofrece a quien decide hacerlo suyo y ese es tal vez uno de los pocos límites que podemos trazar conscientemente al momento de vivir. Siempre he imaginado que la vida es un gran telar. Al nacer se nos entregan madejas de todas las calidades y colores; algunas más ordenadas y limpias; otras débiles, desordenadas, casi un montón de fragmentos. Y con ellas debemos enfrentarnos a un telar que no admite pruebas ni ensayos. Cuando nació mi hijito, me sentí en la obligación de limpiar mis madejas, para que yo pudiera entregarle hilos de mejor calidad para su propio telar-vida. Pero cada una se enfrenta al diseño, al telar, a los hilos y a los sueños que quiere soñar de forma individual. ¿Cuáles son los hilos que sirven para nuestro diseño?, ¿cuáles es necesario cortar?, ¿cuáles, de qué colores, de qué forma son los hilos que puedo incorporar para darle ese matiz que quiero al ir definiendo mi tejido?

Hasta que nació mi hijito no tuve consciencia de cómo iba el tejido de mi vida. Al verlo tan frágil y tan hermoso; al sentir que él me daba tanta esperanza, tanta alegría, tanta paz, me percaté de que algo bueno tenía que entregarle. Y entonces me propuse desligar mis propios hilos; pero al hacerlo descubrí que muchos estaban hechos de historias que me espeluznaron y que, aunque me habían sido legados, era mejor cortarlos. Mi bisabuelo Arbelio en cambio fue un hilo fuerte que me permitió organizar el tejido que he querido hacer con mi vida. A medida que me hago vieja, me convenzo de que inevitablemente tejemos con hilos que vienen de muy atrás; no obstante, creo que la clave del diseño que logremos siempre está en la elección. Y en ser conscientes de esa elección. Saber a ciencia cierta qué urdimbre subyace al trazo del diseño que seremos. Saber que nuestros sueños están preñados tanto del pasado como del futuro que trataremos de construir con lo que en suerte o en desgracia nos tocó. Ahí está, para mí, el punto de partida y el norte.

Pero entre el pasado y el presente, entre los hilos heredados y el diseño que soñamos, existen múltiples vacíos que no son fáciles de sortear. No es fácil aprender del pasado si no podemos escucharlo; si no logramos mirarlo; solo si lo conocemos podemos elegir. No siempre podemos escuchar a las viejas y para nosotras tampoco resulta sencillo transmitir lo que se aprendió; mostrar las heridas sin miedo a que se vuelvan a abrir. Cuando nos hacemos viejas, es difícil admitir que el resultado de tanto esfuerzo es un adefesio impresentable; que aquello que soñamos apenas tomamos el telar, no es hoy sino un montón de esfuerzos que no se compadecen con nuestros mejores afanes. Pero no hay otro camino. Hay que conocer los hilos, elegirlos, rehacer las madejas, cortar, aumentar, mejorar la calidad y arriesgarse a ver lo que sale.

Fotografía de exposición múltiple de Arbelio Clavijo Losa
Arbelio Clavijo Losa, bisabuelo de la autora.

Muchas veces he querido poder transmitir a mi hijito —y no sé si lo logré— uno de mis descubrimientos vitales: hay que reconocerse en la propia historia; no en la de los otros u otras, por más amadas que sean, por más cercanas que sean. Solo en la propia historia se construye el sentido para aquello que elegimos diseñar. En mi historia, en mi línea materna, soy la primera generación de mujeres que completaron la universidad, que hicieron una maestría, que viajaron solas. En mi línea paterna mi abuela tuvo su propia vida profesional, caminó muchos senderos sola, con miedo, con dolor, apoyándose en su hermano más que en otras personas, pero pudo legar a su hija con problemas mentales una pensión del seguro social que, mal o bien, la sostiene hasta el día de hoy.

Mi bisabuelo Arbelio deja de mirar la hoguera y su vista se pierde en la oscuridad de la selva que lo rodea. Al amanecer debe volver a la guerra, pero todo su cuerpo ha cambiado en este tiempo, se lo ve cansado; el paisaje exuberante no se conduele de su mirada casi perdida. Los ojos luminosos, casi pícaros, del retrato del día de su boda, han dado paso a una contemplación que se pierde en la incertidumbre. Debe decidir si continuar o descansar, y al tomar la decisión no sabe que cuando termine la guerra mi bisabuela Consuelo le dirá que no quiere dejar a sus hermanas y que él deberá buscar otra vida, en otro lugar. Pero en ese momento solo busca la luz que anuncia que otro día está llegando y sabe que el mar al amanecer trae cadencias y olores que en la montaña no es posible imaginar. Ha recorrido toda la costa y seguramente en ese momento tampoco sabe que otra hija, hija del mar y de su guerra personal, está por nacer allá en Esmeraldas. Se levanta y mira hacia el sendero, lo ha decidido; al rayar el día vuelve al camino, al caballo y al olor a pólvora, pero el sueño ya está en el horizonte y su soñador lo protegerá. Su hija será maestra de indios, tendrá un salario, tendrá seguridad social, engendrará cuatro hijos, uno de ellos será mi padre. Mi padre podrá ir a la universidad y cumplirá el sueño de su madre y de su abuelo de salir del pueblo pequeño. Irá a Quito, a la capital y acariciará sus propios hilos. Y yo naceré de la mano del petróleo y mi vida será distinta; iré a la universidad, me enamoraré de los Andes, veré el amanecer desde Sacsayhuamán y mi pasión brotará como hojita nueva en la cima del Huayna Picchu. Y diré: esta es mi historia.

Devanamos los hilos en medio de los caminos que nos toca transitar y es en este escenario donde ocurre eso que llamamos destino, eso que no podemos cambiar. Nacer aquí, crecer allá, ser feliz más allá y llorar en este o aquel recodo. Pero nada, absolutamente nada, debe detener las elecciones que debemos hacer de los hilos que inevitablemente tenemos entre las manos. Mi vida, sus vidas son posibles gracias a ese tatarabuelo suyo que eligió pelear una guerra para cambiar el destino de todos. El sueño que elijan proteger hoy se convertirá en un hombre o una mujer en el futuro, y ojalá que ella o él se sienten un día, cuando el mundo sea lo que vaya a ser, y los miren con amor.

Cuando él regresó de la guerra, mi bisabuela Consuelo no quiso continuar con el padre de sus hijos. Las cartas de amor que sortearon los peligros de la guerra no fueron argumento suficiente para la bisabuela, que prefirió la tormentosa pero conocida casa de su infancia. Mi bisabuelo Arbelio murió al caerse del caballo en las tierras de su hermana, en Chunchi. Lo enterraron en esa zona de abismos construidos por el río Chanchán. Desde el pueblo el horizonte anuncia la costa; pero abajo, en la oquedad hecha por el río para ir al mar, estaba el cementerio. En una de sus crecidas, el río se lo llevó; se llevó a mi bisabuelo hacia el mar, hacia los aromas y cadencias que conoció dejando atrás las montañas donde nació. Se fundió en ese horizonte que quería para su hija y su hijo. Y ahí estarán mi bisabuelo y sus sueños grandes, lejos de su caballo, lejos del olor a pólvora y de las miserias impuestas y en las que no creía. De su cuerpo no quedó ningún rastro visible, pero fue su cuerpo el que me soñó y me trajo hasta las palabras de hoy; con su cuerpo cambió para siempre este país; y por supuesto, de su mano, su sable —el que luego usaron para matar los chanchos— desgarró el mundo impuesto a la gente de los pueblos pequeños como Cañar, y con él se abrió la hendija por la que una a una fuimos saliendo y por la que ustedes también podrán salir a sus propios mundos, a sus propias historias, a tejer sus propios sueños.

Boletín

Recibe los textos de Siente la FACSO en tu correo

Un aviso cada vez que publicamos. Sin publicidad; puedes darte de baja cuando quieras.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *