Segunda nostalgia de mi bisabuelo

¿De qué estarán hechos los hilos con los que permanecemos atadas a nuestro destino? ¿Estarán hechos de los silencios que nunca acabaron? Esos que sin mucha atención se hacen al entrelazar miedo y dolor. ¿Estarán hechos de los errores de alguien que apenas, y muchas veces con penas, se hizo presente en los meandros de nuestra sangre? Tal vez ni siquiera hay que viajar en el tiempo; tal vez la clave está más cerca. Tal vez solo somos asombros, sangre, miedo y neuronas; alegría y neurotransmisores; ternura y abandonos que sentimos y no alcanzamos a nombrar. Pero el dolor está y el laberinto permanece.

Mientras intento escribir miro las cartas amarillentas de mi bisabuelo. Me gusta mirarlo en el retrato que cuelga de mi pared; sus ojos me interpelan. A veces me sorprendo queriendo que se abra alguna puerta en el tiempo que me permita hablar con él. El tiempo. Vuelvo al tiempo, a imaginar el tiempo, a pensar qué es el tiempo y me maravillo cuando leo que no es lo que parece. Hay tantas dudas sobre cómo fluye; la teoría plantea tantas posibilidades sobre su continuidad, sobre la naturaleza del pasado, o las posibilidades de simultaneidad que se desprenden de la relación física entre espacio y tiempo.

Esa voluntad de razón que por momentos me atormenta me hace leer cuanta noticia científica sobre el tiempo se publica. Sin embargo, esa parte de mí que se alimenta de todo lo que no es racional quiere creer que la fotografía-espacio-tiempo en que mi bisabuelo me mira desde mi pared es una invitación a mirarnos dentro y fuera del tiempo. Como si por un momento aquello que la física dice, eso de que el tiempo no es ni absoluto ni independiente, sino que depende del estado de movimiento del observador y de la gravedad, pudiera hacer magia en la pequeña habitación donde mi bisabuelo y yo nos contemplamos y, al fin, las palabras pudieran saldar las deudas que el tiempo ha ido dejando entre nosotros.

Retrato en blanco y negro de Arbelio Clavijo Losa, joven, de bigote y cabello oscuro
Arbelio Clavijo Losa, bisabuelo de la autora.

¿Por qué pienso en el bisabuelo y no en los abuelos o mis padres? No lo sé muy bien. Tal vez porque me fascina su mirada entre traviesa y seductora. Tal vez porque conozco fragmentos de la historia que vino después. Quizá porque en su historia convergen muchos de los hilos que hoy habitan mi historia, pero también la historia de las y los que amo. Probablemente porque esa pasión que se vislumbra en sus ojos la he visto en los ojos de muchas y muchos de los que de él nos fuimos desprendiendo.

Leo la carta dirigida a su hija, mi abuela. “Mi hijita”, le dice, “deseo vehementemente verte, en especial, a ti, feliz, educadita”. Mi abuela quiere ir al colegio, seguir estudiando, pero no tiene dinero; él se compromete a darle lo que necesite, porque quiere verla feliz, “educadita a la altura de tus conocimientos”. Estoy segura de que ese “educadita” no tendría nada que ver con modosa e ignorante. El tono de la carta resume su deseo de que sus hijos vayan al colegio, sean “instruidos, capaces y sobresalientes entre todos los de su época”.

Tal vez es eso lo que veo en su mirada oscura: el deseo de mirar otro mundo; la voluntad de hacer otro mundo. Un mundo en el que mi abuela pueda aprender y ser sobresaliente. Y fue consecuente con ello: entre otras fotos, lo veo más tarde, desde algún lugar de la costa, entre muchas hojas gigantes y frescas. Ya no hay picardía en la mirada, han pasado años; ha pasado una guerra sobre él. Está más viejo; se lo ve cansado, pero tras la mirada perdida ha conquistado un mundo.

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