Se murió Piero. Fue el miércoles 7 de octubre, en el Hospital Italiano de Buenos Aires, a los 81 años, y los portales hicieron lo que saben hacer: la foto de la melena, la lista de éxitos, la palabra luto. A esta altura los obituarios se escriben solos (y se nota).
Yo quería empezar por una puteada.
En 1969 Piero tenía 24 años y una canción recién hecha. La letra de “Mi viejo” era de José Tcherkaski y había salido en diez minutos, o en veinte: el número fue cambiando con las décadas, como cambian todos los números que uno cuenta muchas veces. Fue corriendo a cantársela a su padre. Pascual De Benedictis, inmigrante de la Apulia, no había cumplido los cincuenta. Lloró desde la primera estrofa, aguantó hasta el final, dejó pasar un silencio, se limpió los anteojos y entonces se paró y le preguntó «ma, quién camina lento, la puta que te parió».
Me gusta esa escena porque arruina un poco la canción, y lo sagrado necesita que alguien lo arruine un poco. Medio continente ha llorado con ella en velorios, en días del padre y en sobremesas con vino; el único padre al que estaba dedicada se ofendió. Tenía razón, además: era un hombre joven y un hijo melenudo acababa de jubilarlo con guitarra.
Yo también tengo un padre en esta historia. El mío llegó un día a casa con un acetato triple de Piero (triple: en esa época la fe se medía en vinilos) y el disco se quedó años, los años en que todavía creíamos que este mundo podía ser distinto, más justo, más esperanzador. Piero me hacía pensar que «con amor, ojalá», como dice una de sus canciones, se podía transformar el mundo. Ya sé cómo suena eso. Sigo.
El niño que se iba a l’América
Nació en Gallipoli, en el tacón de la bota, el 19 de abril de 1945, nueve días antes de que fusilaran a Mussolini: hay gente que llega con puntualidad. El padre ya estaba en la Argentina, que entonces era un lugar adonde la gente iba, no de donde se iba. A los tres años el niño preguntaba por él y la madre le recitaba el itinerario: tren a Génova, barco a Buenos Aires. Una tarde no apareció en el jardín de infantes. Lo encontró una planchadora, amiga de la familia, que lo vio pasar solo rumbo a la estación —a Génova— y le dijo que la esperara, que terminaba de planchar y lo acompañaba. Cuando llegó la madre, el emigrante estaba comiendo.
Tres años y ya tenía el método: salir a buscar lo que falta y dejarse dar de comer por el camino. Lo aplicó toda la vida.
Cruzó de verdad poco después, quince días en un barco que se llamaba Brasil e iba a la Argentina. Creció entre Banfield y Allen, en el Alto Valle de Río Negro, entre chacras y frutales. Después hizo lo que hacía un chico italiano con buena voz y sin opciones: entró al seminario. Viedma, Villa Devoto. No terminó de cura, pero se llevó la costumbre de cantarle a gente sentada y a Alejandro Mayol, un sacerdote que le serviría más tarde para algo bastante menos piadoso.
En 1964 debutó en televisión con canzonetas. En 1970 ganó el Festival de la Canción de Río de Janeiro con «Pedro Nadie». Y entre 1972 y 1973, con Lanusse yéndose y Perón volviendo, sacó Coplas de mi país y Para el pueblo lo que es del pueblo, dos discos cuyos títulos ahorran cualquier reseña. Nunca se afilió a nada. Entró a las listas igual, por méritos propios.
Diez minutos
A la censura argentina no le debemos nada, pero nos dejó un disco para niños. Como le prohibían todo lo demás, Piero grabó en 1976, con el cura Mayol y un coro de chicos que gritan y se ríen, la Sinfonía inconclusa en la mar. Fue lo que más vendió en su vida. Él decía que se la debía a los militares, sin agradecer. A una generación entera la durmieron con un disco hecho para esquivar a un censor; después se preguntan por qué salió así.
El disco no lo salvó de nada. Ese mismo año su hermana Gabriela salía con el hijo de un comisario de la Policía Federal (los romances a veces sirven) y el muchacho vio el apellido en una lista, en la comisaría. Gabriela lo sacó de la cama. A las ocho de la mañana, Piero estaba escondido en el departamento de dos actores amigos, en el piso catorce, desde donde se veía su edificio. Diez minutos más tarde vio llegar el Ford Falcon sin placas. Entraron, rompieron, se llevaron lo que había. Se llevaron la colección de guitarras, que es un detalle que me intriga: ¿qué hace un grupo de milicos con una colección de guitarras?
Unos amigos lo despidieron en Ezeiza. En España fue a parar a un molino donde se juntaban exiliados y se puso a trabajar una huerta. Había decidido dos cosas al mismo tiempo, irse y callarse, y cumplió las dos: la guitarra estuvo quieta dos años. Leyó lo que no había podido leer.
O sea que el cantor de protesta al que la dictadura quería borrar se borró solo, un rato, entre lechugas, cerca de Madrid. De ese silencio sale todo lo que hizo después: lo admirable y lo discutible, bastante mezclados.
De la protesta a la propuesta
Volvió en 1981, con los militares todavía ahí, y el regreso quedó grabado en un disco en vivo que se llama Calor humano, porque en 1981 los discos se llamaban así. Traía una consigna nueva: pasar de la canción de protesta a la canción de propuesta. Es una frase que funciona sospechosamente demasiado bien. «Soy pan, soy paz, soy más» fue el himno del giro.
Detrás había cosas que no dan para la ironía. Su primer hijo, Mariano, se le había muerto a los cuarenta días de nacido. Eso lo llevó al psicoanálisis y, un año después, al ácido lisérgico, que tomaba, decía, para meterse en la realidad y no para salirse. Y había una maestra, Indra Devi, yogui, amiga de Gandhi y de Tagore, con la que grabó un casete adentro de una pirámide egipcia, con dos grabadoras de mano. Mantras y canciones improvisadas. No lo escuché. No sé si quiero.
Es la parte de Piero que incomoda a la izquierda que lo cantaba, o sea a nosotros. «Propuesta» es una palabra que firma cualquier gobierno, y en Colombia lo recibieron con el mismo cariño Samper, Uribe y Santos, tres señores que no se pondrían de acuerdo ni en la hora. Pero el tipo iba. A mediados de los ochenta armó granjas ecológicas para que adolescentes pobres aprendieran a producir su comida, cuando la soberanía alimentaria todavía no era un panel en un congreso. Y en los noventa adoptó la guerra más larga del continente, que ya es elegir. Contaba que al volver de una gira les preguntó a sus músicos: «¿dónde está jodida la cosa?». Alguien dijo Urabá. Fue a cantar a Apartadó, en helicóptero, en los años de las masacres. En 1994 Colombia lo hizo colombiano. En 2016 se metió en la cárcel de Bellavista, en Medellín, con la excusa de cantarles a los presos, y le pidió a un hombre del ELN un mensaje para llevar: cuatro renglones, ni uno más. Tardaron bastante. Cuatro renglones, a una guerrilla, le cuestan.
También pasó por la embajada del Ecuador en Londres, en 2013, a visitar a Julian Assange, cuando visitar a Assange era todavía un plan y el asilo todavía un asilo. Y en 2023 una neumonía lo mandó a terapia intensiva justo antes de una gira; meses después anunció un recital en Quito que se llamaba Contra todo pronóstico. El pronóstico se tomó tres años más.
Lo que queda
Días antes de morirse celebró que una grabación suya en italiano sonara en un desfile de Saint Laurent. El autor de «Para el pueblo lo que es del pueblo» musicalizando alta costura: yo habría pagado por ver la cara de su padre, Pascual. Él dijo algo así como que las canciones caminan solas por donde quieren. Puede ser. Las canciones son bastante menos fieles que sus oyentes.
Queda eso, entonces. Un tipo al que le pidieron silencio y entregó un disco para niños. Al que le saquearon la casa y volvió sin rencor aparente. El rencor bien administrado se llama memoria y de eso vivimos algunos. Que iba a cantar adonde la cosa estaba jodida. Ya viejo decía que prefería pinchar, molestar, antes que recibir una palmadita. Las recibió igual, Grammy incluido.
Y queda el acetato triple, o lo que me dejó. Uno se pasa la vida adulta aprendiendo a desconfiar de lo que le hicieron creer de niño. Tiene sus buenas razones. Yo sigo creyendo.
El adverbio hace bastante trabajo, ya sé.
Su padre no quiso ser el viejo de la canción. Piero aceptó el papel sin chistar: en los últimos años era su hija Fiorella la que se la cantaba, y él sonreía, un poco pícaro.
Era un buen tipo, mi Piero.
El autor en X: @literatango


