Elogio de las pasiones inútiles

Shyare Andrade con la banda de Ecuador

Hay una frase de la película argentina El secreto de sus ojos, dicha por Pablo Sandoval, uno de sus personajes: se puede cambiar prácticamente de cualquier cosa, menos de pasión. Ese concepto, según los diccionarios, responde a una emoción intensa hacia algo o alguien. Pero una cosa es definir las pasiones y otra muy distinta es comprenderlas. ¿Se puede cambiar lo que nos apasiona? ¿Sirven de algo las pasiones? Y, sobre todo, ¿cómo llegamos a apasionarnos por algo?

En el año 2013, en noviembre, tuve un fuerte resfriado, “la gripe pre-Navidad”, la llamamos en casa. Fin de semana, en cama y sin fuerzas para hacer nada, buscaba algún entretenimiento fácil en la televisión; así fue como me topé con la gala de Miss Universo, sin sospechar que estaba a punto de descubrir una nueva pasión. Atraída por aquellas mujeres altas, esbeltas y seguras de sí mismas, me quedé mirando.

No recuerdo exactamente en qué momento dejé de ver el programa por aburrimiento y comencé a emocionarme con lo que ocurría en la pantalla. Sobre todo porque, en medio de toda la parafernalia, destacaba la compatriota Constanza Báez. Mi mamá, que atendía mis dolencias, terminó sentándose a mi lado para mirar el concurso. De un momento a otro, las dos estábamos haciéndole barra a una mujer cuya existencia nos había sido completamente desconocida apenas unos minutos atrás.

Supongo que así nacen algunas pasiones: sin buscarlas, sin pensarlo demasiado. Lo cierto es que aquella tarde nació una afición que me acompaña hasta hoy y que, por alguna razón, todavía me cuesta admitir sin llamarla un gusto culposo. Y ahí es donde estoy de acuerdo con la afirmación de Sandoval, porque, mientras crecía y estudiaba, iba conociendo los aspectos más cuestionables de los certámenes de belleza. Pero llegaba otra gala y yo quería verla.

Trece años después de aquel descubrimiento, otra ecuatoriana volvió a recordarme lo curiosas que pueden ser nuestras pasiones. Shyare Andrade llegó a la final del Miss Grand International 2026, celebrado en Tailandia este 10 de octubre, y obtuvo el segundo lugar. Pero antes de que se conociera el resultado, una multitud de ecuatorianos se había movilizado en redes sociales para apoyarla. No todos son seguidores habituales de los certámenes de belleza. Algunos, me atrevo a decir, ni siquiera sabían que existía esa competencia. Sin embargo, ahí estaban votando, compartiendo publicaciones, haciendo videos para pedir apoyo para Shyare y defendiendo las posibilidades de una mujer que, hasta hace unas semanas, quizá ni siquiera conocían.

Creo que a muchos les ocurrió algo parecido a lo que nos pasó a mi mamá y a mí aquella vez. Bastó ver a una compatriota destacar en un escenario internacional para que despertara ese bichito del patriotismo y, con él, todo el entusiasmo por apoyarla. De pronto, su participación dejó de ser un asunto exclusivamente suyo para convertirse en un asunto nacional. Porque, aunque Shyare fuera quien desfilaba y se disputaba la corona, del otro lado de la pantalla había miles de personas sintiendo que también tenían algo que ganar.

¿En qué momento empezamos a sentir como propio el posible triunfo de alguien a quien no conocemos? Me lo pregunto porque yo también estaba pendiente. Sabía que esa corona no era mía ni iba a cambiarme la vida y, aun así, quería que se la llevara ella.

Algo parecido ocurre con el fútbol, que curiosamente es la pasión a la que se refiere Sandoval en El secreto de sus ojos. Porque, si lo pensamos detenidamente, tampoco existe una razón práctica para sufrir durante noventa minutos por once personas que persiguen una pelota. Y, sin embargo, lo hacemos: gritamos frente a las pantallas como si pudieran oírnos. Un gol puede alegrarnos o arruinarnos el día, aunque el partido se juegue a miles de kilómetros.

Supongo que ver el nombre de Ecuador en una camiseta o en una banda tiene algo que ver. Quien lo lleva puede ser una persona completamente desconocida, pero eso nos basta para ponernos de su lado y esperar que gane. Por eso afirmamos que “perdimos” o “ganamos”, aunque ni la victoria ni la derrota nos pertenezcan. No entrenamos para un partido, no nos preparamos para un certamen; solo miramos y, de alguna manera, sentimos que eso nos da derecho a una parte del resultado.

En un país donde la desigualdad social y la crisis económica parecen profundizarse cada día, me sorprende la facilidad con la que estos acontecimientos nos identifican de manera colectiva. Podemos discrepar sobre prácticamente todo y, sin embargo, coincidir durante unas horas en el deseo de que una compatriota llegue lo más lejos posible.

La movilización alrededor de Shyare Andrade también me hace preguntarme: ¿por qué somos capaces de organizarnos para apoyar a una compatriota en una competencia internacional y no siempre encontramos la misma disposición para acompañarnos frente a los problemas que compartimos como país? Es mucho más sencillo hacer clic en una publicación que sostener una acción colectiva cuando esta requiere mayor agencia y esfuerzo.

Pero sería ingenuo pensar que estas pasiones existen al margen de los negocios. Quienes organizan estos espectáculos saben cuánto vale tenernos pendientes de una pantalla y dispuestos a apoyar a alguien. En el caso de Miss Grand International, el respaldo a las candidatas también se expresó mediante votaciones digitales, algunas gratuitas y otras pagadas. Queríamos que ganara Ecuador y había una forma de gastar dinero en ese deseo. Hasta el patriotismo puede tener precio.

Y disfrutar de los certámenes de belleza no hace desaparecer lo que me incomoda de ellos. Durante décadas han reproducido modelos restrictivos de feminidad y han convertido el cuerpo de las mujeres en objeto de evaluación pública. Son cuestionamientos legítimos que merecen permanecer en la conversación. Aunque reconocerlos no obliga a despreciar a quienes encuentran entretenimiento, emoción o incluso referentes personales en estos espacios.

De hecho, habría que preguntarse por qué algunas pasiones gozan de mayor legitimidad que otras. Al fútbol se le atribuyen valores como la disciplina, la identidad y la capacidad de unir pueblos, mientras que los concursos de belleza suelen despacharse como espectáculos frívolos. No creo que sean equivalentes ni que debamos hacerles las mismas críticas. Pero sí me pregunto cuánto pesa, en ese desprecio, que los asociemos con cosas como vestidos y maquillaje. ¿Nos parece frívolo el espectáculo o también aquello que nos han enseñado a considerar femenino?

Tal vez el problema comienza cuando creemos que todo aquello que nos apasiona debe demostrar alguna utilidad superior para merecer nuestro tiempo. Como si emocionarse fuera una actividad que necesitara justificación. Si lo pensamos con detenimiento, ni el fútbol ni los certámenes de belleza sirven realmente para nada: no resuelven problemas ni cambian realidades. Solamente resultan en industrias que generan ganancias para unos y entretenimiento para otros.

Quizá estas competencias nos ofrecen unas horas de distracción en las que todos queremos lo mismo y es muy fácil permanecer del mismo lado. Y aun así, cuando quedamos segundos, nos queda de nuevo la sensación de que lo dimos todo y perdimos como siempre. Pero ¿qué dimos? ¿Qué perdimos? No hicimos absolutamente nada por merecer o desmerecer ese segundo lugar, que en realidad es un triunfo para Shyare. Ella fue quien llegó hasta ahí. Nosotros ya estábamos lamentando la corona que “nos” quitaron.

Pienso otra vez en aquella tarde de 2013. En la adolescente enferma que, sin proponérselo, terminó emocionándose frente a una pantalla junto con su madre. No sabía entonces que estaba descubriendo algo más que un concurso de belleza. Estaba experimentando esa extraña manera en que las historias ajenas pueden volverse nuestras.

Una corona y una pelota quizá no cambien el destino de un país. Pero me llama la atención cuánto pueden importarnos. Pienso que algo de eso tiene que ver con querer que se nos reconozca, que el nombre de Ecuador signifique algo para quienes lo escuchan desde lejos. Y también con nosotros mismos: con sentirnos parte de este país, incluso cuando tantas cosas nos separan, y tener, aunque sea por un rato, algo que celebrar juntos.

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