Washo Flores y la obstinación de la belleza en un país exhausto

Washo Flores presenta su nuevo álbum. Foto: Santiago Aguilar Morán
Santiago Aguilar Morán / @literatango

Hace mucho tiempo que en Ecuador dejamos de reconocer la dimensión histórica de las obras. No únicamente de las grandes obras artísticas, sino de aquellas experiencias capaces de modificar el paisaje sensible de una sociedad, de alterar la manera en que una época se mira a sí misma. Alguna vez celebramos carreteras porque unían territorios históricamente separados; hospitales porque volvían tangible una idea de dignidad pública; Escuelas del Milenio porque condensaban —más allá de sus límites— una promesa de futuro compartido.

Hoy el horizonte parece haberse estrechado dolorosamente. Las noticias alentadoras ya no llegan bajo la forma de derechos conquistados, infraestructuras inauguradas o proyectos colectivos en expansión. El alivio aparece degradado a cálculo estadístico: que en lugar de veinticinco personas asesinadas diariamente, haya muerto una menos.

Y quizás el problema más profundo del Ecuador contemporáneo no sea únicamente la violencia, sino el modo en que hemos empezado a convivir con ella. El miedo se vuelve costumbre. El deterioro es la normalidad. La vida pública se llena de cansancio, de hastío, de esa fatiga emocional que termina por erosionar incluso la capacidad de imaginar la belleza o la comunidad.

Por eso, discos como Caserito de bohe-mías de Washo Flores llegan de una manera tan extraña y tan necesaria. Hay álbumes que acompañan el ruido de una época. Otros consiguen interrumpirlo por un momento. Este pertenece a esa segunda categoría.

Después de varios años, Washo Flores volvió al Teatro Prometeo. Y el dato importa porque ese es un escenario de abrazos afectivos. El Prometeo conserva algo de aquella vieja tradición universitaria en la que la música, la poesía, la conversación y la bohemia todavía podían encontrarse sin la urgencia permanente del mercado o del algoritmo. Espacios cada vez más escasos en ciudades atravesadas por la velocidad, la ansiedad y el miedo.

El disco conmueve desde el inicio: porque desacelera. Hay canciones construidas para circular rápidamente entre plataformas, videos breves y consumos instantáneos. Caserito de bohe-mías parece moverse en otra temporalidad. Las guitarras avanzan sin apuro. Los silencios permanecen. Cada canción deja la impresión de haber sido escrita para acompañar la noche y no para competir con ella.

El blues que durante años se insinuaba en las presentaciones del Washo encuentra aquí una madurez especialmente hermosa, una atmósfera emocional. El blues carga consigo algo de intemperie, de desgaste y de supervivencia afectiva. Su belleza nunca dependió de la euforia; nació más bien de la capacidad de permanecer humano incluso en medio del cansancio.

Algo de eso también atraviesa este disco…

Hay aquí una melancolía serena, una tristeza luminosa que dialoga profundamente con la experiencia contemporánea de una generación marcada por la incertidumbre y el agotamiento emocional. Escuchar el álbum deja la sensación de estar frente a alguien que todavía cree que la sensibilidad merece ser defendida, sobre todo en estos tiempos de cinismo e indiferencia.

En ese contexto, las musicalizaciones de Jorge Carrera Andrade y Jorge Enrique Adoum adquieren una textura especialmente hermosa. Hay algo profundamente conmovedor al escuchar esos poemas atravesados por la voz del Washo. Como si la poesía ecuatoriana —tan encerrada en programas académicos, antologías o conmemoraciones solemnes— volviera de pronto a circular entre guitarras, humo, noches largas y conversaciones interrumpidas por la memoria.

“Mademoiselle Satán”, de Carrera Andrade, reaparece envuelta en una atmósfera casi fantasmal. La modernidad que habitaba sus versos —esa mezcla de fascinación urbana, velocidad y extrañeza— parece dialogar inesperadamente con nuestras ciudades contemporáneas: iluminadas por pantallas, atravesadas por el miedo y cada vez más incapaces de producir intimidad.

En Adoum ocurre algo distinto. Hay en “Historia” una tristeza más terrestre, más latinoamericana. Una conciencia del tiempo, de las derrotas, de las promesas que envejecieron junto con quienes alguna vez creyeron en ellas. Escuchado hoy, el poema deja la sensación de venir de muy lejos y, al mismo tiempo, de hablar exactamente de este presente agotado.

En este nuevo disco, el  Washo Flores no convierte la poesía en una pieza de museo. Tampoco intenta volverla artificialmente contemporánea. Simplemente la deja habitar la música, como si esos versos siempre hubieran esperado una guitarra, una mesa pequeña al final de la noche y la intimidad suficiente para volver a decirse entre amigos.

Hay además otra presencia silenciosa atravesando todo el álbum: la ciudad.

Quito aparece aquí sin necesidad de nombrarse constantemente. Está en la cadencia fría de ciertas canciones, en esa melancolía nocturna que acompaña al disco, en la sensación de bohemia persistente que todavía sobrevive en algunos teatros, bares y conversaciones largas. Pero la ciudad que emerge no es la postal turística ni el centro histórico convertido en escenografía patrimonial. Es una ciudad cansada, fragmentada, a veces solitaria; una ciudad donde todavía existen pequeños refugios para la conversación y la belleza.

El disco conmueve sin necesidad de estridencias, porque entiende algo esencial: incluso en sociedades exhaustas, la belleza sigue cumpliendo una función profundamente humana. No elimina la violencia ni transforma automáticamente la realidad política. Pero impide que el miedo termine por ocuparlo todo.

En un país donde la conversación pública parece atrapada entre el espectáculo cotidiano del horror, la propaganda vacía y el ruido digital permanente, Washo Flores insiste en otra forma de mirar el mundo. Lenta. Frágil. Humana.

Escuchar Caserito de bohe-mías no devuelve certezas históricas ni reconstruye por sí solo los horizontes colectivos perdidos. Pero deja una sensación extraña y profundamente necesaria: la sospecha de que todavía existen formas de belleza capaces de acompañarnos mientras atravesamos la oscuridad de esta época.

Aquí se los dejo para que lo escuhen: