¿Nuevos tiempos?

El ganao se ve inquieto. El cielo es plomo parejo. El aire está suspendido. No se escucha ni un ladrido. Todo anuncia la tormenta, todo es ansiedad. El instinto va avisando. Viene un temporal. 

Tony Croatto: “Temporal” 

Por: Oscar Llerena Borja

Hoy como ayer la canción de Tony Croatto posee una vigencia indiscutible, sin duda viene un temporal. El horizonte de nuestra sociedad y más incluso, de nuestro mundo, se presenta nebuloso, caótico, ominoso, nuestra banal fe en el progreso ha sido inútil, pues toda arquitectura humana es irremediablemente frágil y efímera como el atardecer que fenece en mi ventana. Me pregunto sin embargo: ¿son nuevos estos tiempos? ¿es nuevo este miedo que experimento o es el mismo de ayer?. Y cuando digo el miedo de ayer, no me refiero a un temor abstracto, ahistórico. Todo lo contrario, el miedo de ayer tiene para mi unos contornos muy precisos: su rostro, que es el mío, la ausencia de porvenir que obligó a más de un millón de ecuatorianos a emigrar a finales del siglo pasado; sus actores, una clase política incapaz, sin sentido de país, sin escrúpulos ni principios; una sociedad que resistía gracias a la lucha, pero a un precio muy alto y unas élites económicas que vivían ideológica y físicamente fuera de Ecuador, para las cuales patria es una palabra vacía, simple sinónimo de negocio; su momento, esa coyuntura histórica que empezó con un feriado bancario y terminó con un éxodo masivo.

Este es el ayer tal como lo recuerdo, ese ayer en el que desperté a la vida adulta, este es el ayer al que temo regresar por el frío, el hambre y la desesperación que aún se agitan en mi memoria. Este ayer es para mi sinónimo de miedo, un miedo íntimo y oprobioso, que va ligado a la percepción de mi país, de ese país en el que mi madre, que fue auxiliar de enfermería por más de 35 años en el hospital Eugenio Espejo, pese a todo su esfuerzo y mística profesional, debía hacer verdaderos milagros para que sus hijos e hijas pudiéramos comer y estudiar, para que pudiéramos construir un futuro propio acorde a nuestros talentos y esfuerzos.

Ese mismo país que un yo muy joven, pura promesa aún, debió olvidar, para convertirse en maleta y persona con la sola esperanza de un futuro mejor, ese país que nos negó el futuro, cualquier futuro, y nos cargó con ese miedo que hoy la memoria, con alas negras, trae desde el ayer; impidiéndome una vez más mirar el futuro con alegría, con fe. Hoy vuelvo a tener miedo, lo experimento como un sabor conocido y aciago que me hace volver al pasado, a ese país que creí, ilusoriamente, haber dejado atrás. Se trata de un miedo que se enraíza en lo profundo del estómago cuando pienso en la sociedad en la que vivirán mis niñas, me descubro atemorizado, más que nunca, pues ya no temo solamente por mí, sino también y fundamentalmente por ellas. Por todo esto me parece imperioso atacar la pregunta: ¿existe alguna diferencia sustancial entre los nubarrones de ayer y los de hoy?, ¿hemos construido en las últimas décadas una sociedad capaz de resistir esta crisis?, ¿tenemos hoy mejores y más fuertes instituciones?, ¿son nuestros políticos actuales mejores que los de ayer?

Existen obvias diferencias entre el ayer y el hoy, pero no son halagüeñas. El mundo en el que vivimos es otro. La escala del mundo nos ha alcanzado. Sin abandonar los márgenes, hoy somos el mundo. Pero esta presencia global no es gratuita; al contrario, es un signo de estos tiempos, donde un estornudo en Wuhan se convierte en pandemia mundial, y el COVID-19 viaja en clase turista desde España a Guayaquil. Un rápido vistazo a la emergencia sanitaria hace patente que vivimos en una realidad compleja, global y transnacional; echados al mundo merced a la fuerza de la historia, sin armas para tal empresa, ¿qué nos queda?

Esta epidérmica mirada solo nos devuelve al miedo, a un miedo más artero por que se nutre de la experiencia de otra hambre, de otro frío, de otra desesperanza. Por otro lado existen dolorosas similitudes con el pasado que caracterizan la escena local: cada vez que por despiste veo o escucho a nuestros políticos, siento vivas esas palabras de Marx: Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa.[1] Nuestra historia tiene también sus farsas y sus farsantes, aquellos que en un momento cercano representaron o decían representar vientos de libertad -me refiero a la impetuosa irrupción de ruptura de los 25- hoy son una caricatura de los represores neoliberales de los 90, sus recaderos, sus emisarios, triste final para una promesa, triste destino para un sueño. Una vez más la vieja sabiduría nos da muestras de su profunda verdad, Sófocles pone en boca de Creonte esta sentencia: es imposible conocer el alma, los sentimientos y las intenciones de un hombre hasta que se muestre experimentado en cargos y en leyes.[2] El poder por tanto, como afirmó en una entrevista la ministra Romo, no corrompe, simplemente desvela. 

Lamentablemente, a la pregunta por las diferencias entre el ayer y el hoy, debemos responder que existen más similitudes que diferencias con el pasado, que hemos sido incapaces de construir una salida institucional frente al reto del futuro y que no podemos fincar nuestras esperanzas en nuestras instituciones, pues ellas son parte sustancial del problema. Pero existen otras similitudes con el pasado, semejanzas que no se muestran a primera vista, semejanzas que aparecen en la misma tensión de fuerzas. Los años 80 y 90 del siglo pasado y la primera década de este, hicieron patente a mi entender los límites de la dualidad estado de derecho-democracia, pues esta dupla en el Ecuador y en gran parte del mundo ha sido incapaz de cumplir su promesa de días mejores y de ampliación de las libertades postergando permanentemente ese cumplimiento, dilapidando en ese aplazamiento su principio fundador, la confianza general en el sistema, es decir, su legitimidad. Durante el final del siglo pasado y el inicio de este, la sociedad ecuatoriana ha obrado, como en la mortal tesitura colonial, el milagro barroco del siempre ir más allá, del inventar una vía que haga posible la supervivencia, la vida.

¿Qué le queda a un país sin posibilidad de respuesta institucional, sin actores capaces de atender la enormidad de los retos, sin armas para las grandes empresas que debe acometer?, a mi entender le queda esa acción informe y constituyente que se gesta en el seno de la sociedad, esa potencia insurreccional que se ha ido manifestando a lo largo de decenios y que ha sido la única alternativa al desmoronamiento del sistema. Le queda apelar a esa otra política, esa que se hace desde abajo y esperar que como ayer, ella sea capaz de introducir algún sentido alternativo a este enloquecido y dogmático camino neoliberal que nos lleva irremediablemente ha ese triste país del ayer, le queda la acción festivo-orgiástica de una sociedad que se niega a dejarse destruir, le queda la fe ya no en el estado y en las instituciones, sino en la potencia liberada de la multitud, en otras palabras, fe en que el temporal nos encuentre prestos a luchar por el futuro. Si tengo fe en algo, es en esa otra posibilidad de transformación social de la que con tanta lucidez hablaba Bolivar Echeverría: Tal vez lo que es revolución habrá que pensarlo ya no en clave romántica sino, por ejemplo, en clave barroca. No como la toma apoteótica del Palacio de Invierno, sino como la invasión rizomática, de violencia no militar, oculta y lenta pero omnipresente e imparable, de aquellos otros lugares, lejanos a veces del pretencioso escenario de la Política, en donde lo político -lo refundador de las formas de la socialidad- se prolonga también y está presente dentro de la vida cotidiana.[3]

[1] Karl Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, 1971, Ariel Madrid, p. 11. 

[2] Sófocles, Tragedias, 2015, Gredos Madrid, p. 144. 

[3] Bolívar Echeverría, La clave Barroca de America Latina, Exposición en el Latein-Amerika Institut de la Freie Universität Berlin, Noviembre de 2002.